El naufragio

Daniel Herrera

En su segunda intervención en la historia, Pablo les aseguró a todos los que estaban a bordo (276 personas en total; Hech. 27:37) que, aunque no todo saldría bien, no habría que lamentar víctimas; solo el barco se hundiría (Hech. 27:22). Catorce días después, las palabras del apóstol se cumplieron. Todavía bajo una terrible tormenta y con el barco completamente a la deriva, los marineros detectaron que había tierra cerca, posiblemente porque podían oír el ruido de las rompientes (Hech. 27:27). Después de una serie de sondeos, y temiendo que la nave fuera empujada contra las rocas a lo largo de la orilla, lanzaron cuatro anclas desde la parte posterior de la nave para reducir la velocidad. Mientras tanto, desesperadamente les pedían a sus dioses que se hiciera de día (Hech. 27:28, 29).

Lee Hechos 27:30 al 44. ¿Qué lecciones podemos sacar para nosotros de esta historia?

Al comienzo del viaje, el centurión trató bien a Pablo, pero no tenía motivos para confiar en el criterio náutico del apóstol. Sin embargo, después de dos semanas, las cosas cambiaron. Pablo ya se había ganado el respeto del centurión con su intervención profética sobre el naufragio (Hech. 27:21-26), que ahora convergía hacia su cumplimiento.

Pablo instó a la gente de a bordo a que comiese, de lo contrario no tendrían fuerzas para nadar y llegar a tierra. La providencia divina no necesariamente nos exime de hacer lo que normalmente sería nuestro deber. “En esta narración, se mantiene un buen equilibrio entre la certeza de la protección de Dios y los esfuerzos de los involucrados para garantizarlo”.-D. J. Williams, Acts, p. 438.

Al rayar el alba, los marineros avistaron tierra; era una bahía con playa, donde decidieron encallar la nave. Sin embargo, el barco nunca llegó a la playa. Chocó contra un banco de arena y terminó rompiéndose por la fuerza de las olas. Principalmente a causa de Pablo, el centurión frenó el plan de los soldados de matar a los prisioneros para evitar que escaparan. Al final, como Dios había prometido, no se perdió ni una sola vida.

¿Qué debiera decirnos esto acerca del poder del testimonio de Pablo, y de su carácter, que en el afán de conservar a Pablo con vida, se les prohibió a los soldados que mataran a algún prisionero?

 




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