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Cristo, la cabeza de la iglesia

Escrito por el 18 diciembre, 2018

Como ya vimos en una lección anterior, en el Nuevo Testamento se representa a la iglesia con la metáfora del cuerpo. La iglesia es el cuerpo de Cristo. Esta metáfora alude a varios aspectos de la iglesia y la relación entre Cristo y su pueblo. Como el cuerpo de Cristo, la iglesia depende de él para su existencia. Él es la Cabeza (Col. 1:18Efe. 1:22) y la Fuente de la vida de la iglesia. Sin él no habría iglesia.

La iglesia también obtiene su identidad de Cristo, porque él es la Fuente, el Fundamento y el Creador de sus creencias y enseñanzas. Sin embargo, la iglesia es más que estas cosas, más allá de la importancia que estas tengan para su identidad. Es Cristo y su Palabra, tal como se revela en las Escrituras, lo que determina qué es la iglesia. Por lo tanto, la iglesia obtiene su identidad y su significado de Cristo.

En Efesios 5:23 al 27, Pablo usa la relación entre Cristo y su iglesia para ilustrar el tipo de relación que debería existir entre el esposo y la esposa. ¿Cuáles son las ideas clave de esta relación entre Cristo y su iglesia?

Aunque quizá dudemos del concepto de sumisión debido a cómo han abusado de él los dirigentes de otros siglos, no obstante la iglesia debe estar sujeta a la Cabeza, Cristo, y estar sujeta a su autoridad. Nuestro reconocimiento de Cristo como la Cabeza de la iglesia nos ayuda a recordar a quién le pertenece nuestra lealtad suprema: al Señor mismo y a nadie más. La iglesia debe organizarse, pero esa organización siempre debe estar subordinada a la autoridad de Jesús, el verdadero líder de nuestra iglesia.

“La iglesia está edificada sobre Cristo como su fundamento; ha de obedecer a Cristo como su cabeza. No debe depender del hombre ni ser controlada por el hombre. Muchos sostienen que una posición de confianza en la iglesia les da autoridad para dictar lo que otros hombres deben creer y hacer. Dios no sanciona esta pretensión. El Salvador declara: ‘Todos vosotros sois hermanos’. Todos están expuestos a la tentación y a cometer errores. No podemos depender de ningún ser finito para ser guiados. La Roca de la fe es la presencia viva de Cristo en la iglesia. De ella puede depender el más débil, y los que se creen los más fuertes resultarán ser los más débiles, a menos que hagan de Cristo su eficiencia” (DTG 382, 383).

¿Cómo podemos aprender a depender de Cristo y no de otro “ser finito”, como nos resulta tan fácil?


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