Probémonos a nosotros mismos

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«Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno, corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar». 2 Timoteo 4: 2, NVI.

TIENEN A SU ALCANCE algo más que posibilidades finitas. Un ser humano, según Dios aplica el término, es un hijo de Dios. «Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser […] Todo el que tiene esta esperanza en Cristo, se purifica a sí mismo, así como él es puro» (1 Juan 3: 2-3, NVI). Es su privilegio apartarse de lo vulgar e inferior y elevarse a una norma alta, a ser respetados por la humanidad y amados por Dios.

La obra que el Señor da a los jóvenes y a sus hijos, sin importar la edad, muestra la consideración que les tiene como hijos suyos. Les da la encomienda de gobernarse a sí mismos. Los llama a ser participantes con él en la gran obra de la redención y elevación de la humanidad. Así como un padre hace a su hijo socio suyo en su negocio, el Señor hace socios suyos a sus hijos. Somos hechos colaboradores de Dios. Jesús dice: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo» (Juan 17:18). ¿No escogerían más bien ser hijos de Dios que siervos de Satanás y del pecado?

Los jóvenes necesitan más de la gracia de Cristo para practicar los principios del cristianismo en la vida diaria. La preparación para la venida de Cristo es una preparación hecha mediante Cristo, para ejercitar nuestras más elevadas cualidades. Es privilegio de cada joven hacer de su carácter una hermosa estructura. Para lograrlo ha de mantenerse siempre cerca de Jesús. Él es nuestra fuerza y poder. Ni por un momento podemos depender de nosotros mismos […].

Por grandes o pequeños que sean sus talentos, recuerden que lo que tienen es de ustedes, pero que únicamente lo tienen en custodia. Dios los prueba así, dándoles la oportunidad de mostrarse fieles. Le son deudores por todas las aptitudes que poseen. Las facultades del cuerpo, la mente y el espíritu le pertenecen, y han de usarlas para él. Ante aquel que lo da todo deben rendir cuenta del tiempo, la influencia, las aptitudes, la habilidad. El que por esfuerzos fervientes trata de llevar a cabo el gran plan del Señor para elevar a la humanidad, es quien mejor usa sus dones.

Perseveren en la obra que han empezado hasta ganar victoria tras victoria. Edúquense para un fin. Tengan en vista la más elevada norma para que puedan realizar cada vez mayor bien, reflejando así la gloria de Dios.- Mensajes para los jóvenes, sec. 1, pp. 33-34.

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