Terror en Verona

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“Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando removió la piedra, y se sentó sobre ella” (Mateo 28: 2).

El 3 de enero de 1117 fue un día histórico. En Italia, un terremoto de 64 grados en la escala sismológica de Richter devastó gran parte del centro norte del país, en particular Verona, y dejó un saldo de unos treinta mil muertos. Este es uno de los terremotos más trágicos y recordados en la historia de la humanidad.

Este terremoto no hace más que confirmar y andar aún más las predicciones bíblicas. En su último sermón sobre la Tierra, Jesús profetizó que habría terremotos en diferentes lugares del mundo. Los geólogos y los estudiosos de la corteza terrestre son precisos: “La tierra, nuestro hogar, es una bomba de tiempo geológica que siempre está a punto de estallar […] El suelo del planeta tiembla aproximadamente unas ochenta mil veces por año, lo que equivale a decir que la tierra que pisamos se mueve constantemente bajo nuestros pies, aunque casi siempre de manera imperceptible para nuestros sentidos” (Daniel Cecchini, Grandes terremotos, p. 7).

El aumento de los temblores en el transcurso de la historia es impresionante. En la actualidad, impera la información global, se llevan estadísticas de manera más precisa y hay muchos más habitantes sobre la Tierra que en los siglos pasados. Sin embargo, es pertinente analizar la cantidad de terremotos registrados en las centurias anteriores. En el siglo d. C., se contabilizaron solo quince terremotos, pero cifras oficiales indican que ocurrieron más de dos mil sismos en el siglo XIX. En pleno siglo XX, la Tierra sigue temblando y parece inestable.

¿Cómo están nuestros cimientos? ¿Construimos diariamente sobre la Roca sólida, que es Cristo? Hoy, las capas de la Tierra se mueven. Hoy, las capas de la Tierra anuncian la Segunda Venida. Hoy, la gracia divina está disponible para que todos obtengan la salvación. Hoy puede ser un día histórico.

Tal vez, sea tiempo de realizar un “terremoto” interior. Uno que derribe las añejas y gastadas estructuras donde habitan nuestros pecados cobijados. Uno que pulverice los edificios donde descansa nuestro letargo espiritual. Uno que aniquile hasta los cimientos nuestra tibieza laodicense. Para lograr así, de entre los escombros de nuestros pretéritos fracasos espirituales, la reconstrucción total de nuestras vidas y un cambio radical que nos transforme en nuevas criaturas.

“Debe crucificarse el pecado. Debe realizar el Espíritu Santo una renovación moral completa. Debemos tener el amor de Dios, con una fe viva y permanente” (Elena de White, Joyas de los testimonios, t. 2, p. 16). PA

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